viernes, mayo 30, 2008

¡El autor, el autor!


Leo con estupor un ensayo de Benjamín Prado sobre la emoción que le embarga al pasear por Isla Negra, una de las casas de Pablo Neruda. Como si las casas de los escritores fueran a ser distintas que las del resto de los mortales. O como si la literatura fuera a impregnar paredes, muebles y objetos de decoración.

La admiración que sentimos por los escritores nace, espero, de la apreciación de su obra, de la lectura de sus libros. Más allá de los textos podemos situar más o menos lejanas sus opiniones, ideas y creencias. Pero situar sus objetos, sus habitaciones y sus lugares de residencia en el foco de la admiración me parece un poco extraño, más cerca del enfermizo chismorreo del programa televisivo de media tarde que del interés por el origen del hecho literario. Suponer, como hace Prado, que Isla Negra, por fuera, es como era Neruda por dentro, me parece temerario y sobre todo enormemente pretencioso. Neruda, que además de escritor famoso en vida, fue político y hombre de mundo, pudo llegar a vislumbrar lo que Isla Negra se convertiría a su muerte. Es decir, Isla Negra no es solamente un lugar que refleja la personalidad del que la habitó, sino un teatro donde Neruda se configuró un mausoleo en vida. No hizo Neruda otra cosa que emular a otros mortales que anhelaban la vida después de la muerte, siendo lo más duraderos los faraones que construyeron las pirámides.

La transferencia de la admiración por un texto, que es algo sin forma ni coordenadas en el espacio, hacia los objetos es algo que no puedo comprender. Este culto a la personalidad me recuerda más a la admiración que provocaban los dictadores soviéticos que la que puedan sufrir los literatos. Se conservan en un museo los objetos pertenecientes a Lenin, los más humildes y banales, la vestimenta y hasta la ropa interior. Esta admiración llega al colmo del fanatismo en la exhibición del cuerpo de Vladímir Ilich, y las largas colas de comunistas convencidos que antes de la perestroika se formaban para visitarlo. Ahora, las colas son de turistas de occidente, y el cadáver ha sido recientemente remozado, sacado brillo y adecentado, para que los aburridos que viajan a Moscú puedan decir la famosa frase de los duelos carpetovetónicos celtibéricos: pobrecito, parece que esté dormido.

Abundan las casas de escritores famosos que pueden visitarse, la mayoría de ellas han sido reconstruidas con posterioridad, basadas en meras suposiciones o simplemente en el afán de crear un bonito negocio. Mientras que los manuscritos, papeles, notas y discursos de los escritores se recogen en legados, bibliotecas y departamentos universitarios, las casas residen en la industria turística, muchas veces alentada y subvencionada por la corporación local de turno. Es comprensible en pueblos alejados del bullicio del viaje de placer, aunque abundan peligrosamente en lugares muy visitados, a la espera de hacerse un pequeño hueco en el apretado horario del turista moderno, aquejado de la prisa del circuito de siete ciudades en cinco días, o como dice un amigo, de "la bulla del vamos-vamos".

Muchas de estas casas se convierten en "centros de estudio", donde se organizan conferencias, charlas y actos de homenaje, reconocimiento y celebración de efemérides perpetuas. Siempre habrá algo que celebrar, el decimoquinto aniversario de algo. Todo ello tocado en su mayor parte de amplias ayudas públicas, no lo olvidemos, que administran fundaciones creadas a tal efecto. Quisiera pensar que las administraciones ya tienen centros de estudio sobre literatura, principalmente en universidades y centros de investigación, y que los municipios constan de casas de cultura y salones de actos para celebrar todo lo celebrable. Así que no puede ser más superfluo este tipo de instituciones, construidas imagino que a favor del turismo cultural, que parece que puede dedicarse a viajar a sitios más inverosímiles que el turismo popular de playa o Disneyworld. Y posiblemente pagar más por menos.

La admiración por los escritores lleva también al extremo interés por los más nimios detalles de su vida. La excusa para esto es la intenciónde descubrir sus más íntimas razones literarias, comprender su mente de tal forma que podamos comprender su obra. Sin embargo, me temo que en la mayoría de los casos esta curiosidad corresponde más a una malsana tendencia al cotilleo y a la murmuración, no muy lejos de la curiosidad popular hacia el famoso de turno. Los índices de audiencia de los "reality shows" nos muestran que el interés puede ser por cualquiera, sea conocido o no. Cientos de admiradores peregrinan al cementerio parisino de Père-Lachaise para encontrar la tumba de escritor favorito, coincidiendo con los admiradores de músicos de rock o de actores de cine. Existen guías exclusivamente dedicadas a visitar los rincones de la ciudad que han sido protagonistas de películas famosas, por si quiere sentarse en el mismo banco que usaron Woody Allen y Diane Keaton.

¿Qué nos interesa más de un escritor? ¿Su obra o su vida privada? Y si nos encontramos con algo que no nos gusta en su vida, si su personalidad no es de nuestro agrado, ¿renegamos de toda su literatura? V. S. Naipaul es un autor poco leído en España, pero que obtuvo el premio Nobel de literatura en 2001. El descubrimiento en una biografía autorizada del mal comportamiento con sus mujeres no debe sorprendernos, conociendo su habituales declaraciones sobre razas y igualdad entre sexos. Sin embargo, hay importantes críticos que ante estas revelaciones, han decidido no leer ninguno más de sus libros. Naipaul se defiende afirmando que lo más importante para él ha sido siempre su literatura. ¿No es eso lo que esperamos de un escritor?