Un gamberro intachable
Ya dije en alguna ocasión que Eduardo Mendoza me parecía el más español de los escritores ingleses, y la lectura de El asombroso viaje de Pomponio Flato me ha reafirmado en mi creencia. Leyendo esta obra (que, por cierto, me han vuelto a regalar, siguiendo una tradición personal que procede de vaya usted a saber qué arcano), he vuelto a revivir las estupendas veladas que me han deparado P.G. Wodehouse o Evelyn Waugh, especialmente este último, al que encuentro un parecido (literario) asombroso con el escritor catalán.
A saber, y sólo desde mi punto de vista, ambos tienen una obra maestra innegable: Retorno a Brideshead y La ciudad de los prodigios. Quienes se hayan acercado a estos autores por primera vez a través de estas novelas, no dejarán de sorprenderse del resto de su producción literaria. Por suerte, uno empezó a leer a los dos escritores por donde debía, es decir, por aquellas novelas que sostienen su auténtico corpus narrativo y que hacen bueno aquel argumento de los futuristas según el cual 1 + 1 + 1 + 1 = 1. Es decir, que aparte de las obras maestras citadas, tienen otra obra maestra evidente y es la suma del resto de sus novelas, de manera que, para centrarnos en Mendoza, su segunda gran obra empezó antes que la primera, con La verdad sobre el caso Savolta, y por ahora (y Dios le guarde con su gracia muchos años) continúa con la novela que acabo de leer, a la manera de un Balzac con La comedia humana. Aunque en este caso, yo la llamaría El descojone humano si no fuera porque hablamos de un escritor de lo más elegante, al menos en sus formas.
A Eduardo Mendoza, según sus propias palabras, se le ocurren las novelas de la forma más peregrina, y en todo caso, como él dice: “Se me va la vida intentando escribir una novela y, como no me sale, hago otra y la publico”. No sé si esto es modestia o una forma de ocultar que él tiene un talento prodigioso y especial que por lo común escasea. Leyendo esta última novela, no quiero ni pensar qué obra estaba intentando escribir, y espero de todo corazón que no fuera algo parecido a El Evangelio según Jesucristo, de Saramago. De todas formas, a los que seguimos su obra con devoción rayana en el delirio (místico), no nos la da con queso, y supongo que todas esas tonterías que va diciendo por ahí las cuenta para meapilas perdonavidas que se la cogen con papel de fumar y sólo son capaces de disfrutar con un libro hilarante si antes el escritor entona su particular mea culpa. Al fin y al cabo, este hombre tiene que comer y alguna que otra mentirijilla piadosa tampoco hace daño a nadie, sobre todo si además se cachondea del personal.
Sí puede ser cierto, tal como ha asegurado, que la novela se le ocurriera viendo el panorama literario y el gusto lector que nos rodea: novelas históricas rodeadas de un misterio pseudoinsoluble donde sectas religiosas y demás gentecilla pía se pone en solfa, entre algún escarceo sexual que no pasa de picarón. ¿Y qué mejor manera de seguir a estos ilustres predecesores que ir directamente a la fuente de nuestra historia occidental, a los tiempos de Jesucristo? ¿Y qué mejor protagonista histórico-religioso que el propio Jesús? Esto, que puede parecer una novedad en su novelística, no lo es tanto si conocemos algo de su obra, como trataré de demostrar más adelante.
Para nuestro solaz, y con excelente pericia, vuelve a utilizar el recurso que tan buen fruto dio en Sin noticias de Gurb: alguien se encuentra desubicado en un lugar que le es completamente ajeno, pero intenta por todos los medios comprenderlo y entrar a saco en él con resultados desastrosos. Si lo pensamos bien, esto ocurre en muchas novelas de Mendoza, bien de una forma más clara (La isla inaudita) o un poco más encubierta (verbigratia, El misterio de la cripta embrujada). Lo que le ocurre al Pomponio Flato de esta nueva novela no dista mucho de lo que le pasa a Gurb en Barcelona, y si bien éste tomó la bella forma de Marta Sánchez para andar entre nosotros, el pobre Pomponio Flato se convierte casi a su pesar en un Hércules Poirot zarrapastroso y con aerofagia. Y para más inri, instigado por un niño Jesús empeñado en resolver un caso familiar cuya solución, intuimos, ya posee. El recurso es bien sencillo: el personaje deambula como un extraño entre una serie de circunstancias que el lector ya conoce sobradamente de antemano, y las peripecias en las que en su torpeza se enreda recuerdan a las de un niño pequeño tratando de descifrar el mundo de los adultos. Digo que el recurso es sencillo de descubrir, no de ejecutar. Los dos maestros que yo conozco en estas lides son Jardiel Poncela y el mencionado Evelyn Waugh (por ejemplo, en Scoop), y si no hay muchos más genios en arriesgarse por estos berenjenales es porque hay que tener un sentido del humor muy elegante, habilidoso y extremadamente fino para no errar en el empeño. Ni qué decir tiene que Mendoza supera cualquier expectativa que uno se pueda hacer.
En cuanto al tiempo y el lugar en los que se desarrolla la acción, creo que Mendoza ha llegado a la culminación de su obsesión particular: la vida de los santos. Supongo que Jesucristo (o la versión infantil de Jesucristo, mejor dicho) es a lo máximo que puede aspirar un escritor que ha trufado sus novelas de santos y motivos cristianos para deleite de nuestras entendederas. La cosa empezó ya con los arrebatos místicos de Nemesio Cabra, el confidente de La verdad sobre el caso Savolta, y continuó muy acertadamente en La ciudad de los prodigios con la visita de santa Eulalia al alcalde de Barcelona para exigirle un mayor respeto por su patrocinio sobre la ciudad, usurpado impunemente por la Virgen de la Merced. Tampoco olvidemos que, siempre según Mendoza en dicha novela (y no hay por qué dudar de su palabra), la idea urbanística del Ensanche de Barcelona le fue inspirada a un concejal por una visita divina a su despacho del ayuntamiento, edificio que no fue incendiado poco más tarde por el alcalde gracias a la oportuna irrupción en las oficinas municipales de santa Eulalia, santa Inés, santa Catalina y santa Margarita, “acompañada de un dragón portátil”. El mayor despliegue religioso lo dejó Mendoza para La isla inaudita, que bien visto, es un libro hagiográfico en toda regla, y por donde transitan sin pudor, a saber, san Marcos, san Jorge, san Nicolás, san Mamas, san Pelagio, santa María Egipcíaca y hasta la mismísima Inmaculada Concepción, que se da un paseo con el inefable Fábregas para desentumecer un poco los músculos después de tantos años haciendo la estatua, hasta terminar ante un espectáculo que sólo la mente calenturienta de Mendoza podría concebir: “Clérigos disfrazados de paloma bailaban fandango con novicios a quienes habían obligado a vestir de querubines.” Como se puede fácilmente comprobar, que ahora la Sagrada Familia y demás parientes sean los protagonistas de un libro de Mendoza no es más que la prolongación lógica de una obsesión temática que se va tornando con los años en vicio.
Por todo esto, cuando he terminado de leer la obra que nos ha brindado el gran escritor catalán (afincado mentalmente entre Cambridge y el Vaticano), no he dejado de darle la razón cuando aseguró que no distinguía una línea divisoria entre sus novelas, y yo me atrevería a añadir que cada una de ellas es un nuevo capítulo de una gran obra maestra que no admite imitaciones, porque un gamberro tan intachable como Eduardo Mendoza sólo se produce en la literatura cada muchas décadas.


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