Relatos
Cuentos, narraciones o historias. Son breves piezas literarias, pero de difícil definición: ¿qué puede considerarse breve? De la misma forma que la novela no tiene límite de extensión, el relato sí lo tiene, porque si es demasiado largo pasa a llamarse novela corta, entrando ya en otra dimensión de la literatura. El mismo diccionario de la academia tiene bien claro en qué consiste una novela (obra literaria en prosa en la que se narra una acción fingida en todo o en parte, y cuyo fin es causar placer estético a los lectores con la descripción o pintura de sucesos o lances interesantes, de caracteres, de pasiones y de costumbres), pero es difícil encontrar una definición tan concisa para el relato.
Me gusta pensar que las cosas verdaderamente importantes son difíciles de definir, apresar o concretar, que lo que nos interesa en la vida no se puede asir o encerrar, y que el espíritu humano se basa en estos conceptos imperecederos pero indefinibles. Y creo sinceramente que el relato es uno de estos conceptos imposibles de ceñir en una enclaustrada definición de diccionario, porque el relato nace de la misma esencia del ser humano. Los animales, hemos aprendido de los etólogos, son capaces de comunicarse con infinitos tipos de lenguaje, la gran mayoría de veces de forma imperceptible a nuestros sentidos. Pero el relato nace con la humanidad misma, en el momento en que una historia surge en una simple reunión de lo que podemos llamar homínidos, obviamente mucho antes de la existencia de la literatura y del lenguaje escrito.
Allí, a la luz de la lumbre que hay que mantener encendida permanentemente, un cazador, un anciano, un guerrero, empieza a contar su historia, la exitosa campaña del día, o la leyenda del animal imbatible. Queda muy cerca el origen del teatro, pero su sacralización exige de él un medio mucho más dedicado y especial, con audiencia y actores. El relato, sin embargo, existe desde que el hombre es hombre, y el protagonista puede ser cualquiera; es en esos albores de la humanidad cuando se empieza a crear la literatura oral que todavía persiste en ciertas regiones de este mundo del siglo XXI. La extensión del relato está pues definida como algo soportable por la paciencia e interés de la audiencia y la memoria y habilidad del narrador.
Algo tan subjetivo ha permitido que el relato se adapte a todas las sociedades y formas, idiomas y épocas. Porque allí donde al menos dos personas se reúnen, con la más diversas intenciones, es donde reside el relato. La evolución posterior de esta pieza literaria puede ser más o menos compleja, culminando en Las mil y una noches, El conde Lucanor, o El Decamerón, pero el nacimiento de nuevos relatos orales continúa, y así, en un mundo digitalizado, se siguen contando historias al amor de la lumbre; dentro de cada hombre y de cada mujer hay un narrador. Paul Auster propuso, en un programa de radio, que los oyentes le remitieran historias reales. Una apabullante respuesta de cuatro mil relatos confirmó que el género sigue vivo, la humanidad tiene la necesidad de contar, ya sean historias cotidianas, sucesos extrarodinarios o acontecimientos incomprensibles. No han muerto los contadores de historias de la plaza de Djemaa el Fna de Marrakech, como siguen formándose filandones, aunque ya nada haya que hilar. José María Merino era uno de los preferidos en su familia para leer cuentos en las largas tardes de invierno. En esos momentos tan sugerentes es, antes de saber leer, cuando se inician las más intensas aficiones literarias.
Cuando un grupo de amigos nos reunimos hace unas semanas y escuchamos unos relatos a la luz del fuego, estuvimos reviviendo entonces el origen de la literatura, un momento casi mágico pero a la vez familiar, de una transcendencia que no somos capaces de comprender cuando lo hacemos. El éxito de los cuentacuentos, monologuistas, representaciones teatrales de un sólo actor, se adentra en este escondido sentimiento hipnotizador del relato, del narrador de historias, más o menos reales, más o menos ficticias. Porque en ese momento especial en el que el narrador comienza, no hay géneros literarios, ni folklore ni cuentos infantiles: es el momento de callar, escuchar y dejarse llevar subyugados por el flujo eterno de las palabras.
El árbol de los cuentos es el título que Luis Mateo Díez ha elegido para su compendio de los relatos que lleva escritos hasta el momento. Se ha perdido alguna rama de ese árbol, porque el mismo autor reconoce que ha suprimido algunos relatos de su inmadurez. También sabemos que dentro de poco el libro quedará incompleto, porque esperamos que Díez siga escribiendo relatos. Leyéndonos, estamos más cerca de aquellos días del desván, tan presentes en su literatura, donde la infancia, los fantasmas, los juegos fantásticos y los cuentos formaban parte de su realidad cotidiana. Volver a la imaginación del niño es una prerrogativa que pocos adultos tienen.
Otra autora cuyos relatos completos acabo de leer, Carson McCullers, discurre en un lugar bien apartado pero que forma parte de los lugares comunes de la literatura y de la cultura occidental: el sur de los Estados Unidos. Experta en la exploración de los sentimientos más profundos, McCullers también es capaz de retrotraerse a la infancia y adolescencia y traernos la angustia del cambio físico y mental que significa llegar a adulto. La vida misma de McCullers, llena de depresiones y enfermedad, parece estar escrita en sus primeros relatos. Narraciones que podría emplearse de forma sugerente y especial en cualquier filandón al que asistieran Merino y Díez. ¿Quién podría decir que el sur profundo de Georgia y los páramos de León podrían coincidir en tan pocas líneas?

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