Los peces de la locura. Política y literatura.
Este veraneo pasado ha sido un tanto peculiar: no he leído ninguna novela. No he leído nada de ficción... bueno, miento, porque aproveché para releer Elogio de la madrastra. Lo hice porque quería recordar la literatura erótica de don Mario, y compararla con la de Travesuras de la niña mala. Efectivamente, después de todos esos años, en ese aspecto son libros parecidos, similares en un erotismo delicioso. Excluyendo tal paréntesis, he estado leyendo el volumen de crítica de las obras completas de Julio Cortázar. Es precisamente lo que más me interesa de la obra de Cortázar, porque su ficción la conozco ya, y me faltaba algo de opinión personal e ideario propio para interpretar muchas de las afirmaciones que hizo en la entrevista que le dedicaron en TVE. Ya he hablado de ella en este blog...
Nadie duda que Julio Cortázar fue un escritor comprometido con ideas de izquierdas. En su obra literaria es menos evidente, a no ser por algunos escasos relatos, sobre todo los últimos, y por su espeluznante Libro de Manuel. En su obra crítica, Cortázar intenta defenderse de ciertos intelectuales, normalmente muy jóvenes e impulsivos, y de algunos escritores, sobre su inactividad política. Julio Cortázar defiende su quehacer de escritor: nadie le puede imporner nada, sobre todo a él, que, como ha comentado muchas veces, es más médium que escritor. Sus palabras fluyen a través de su cuerpo hacia el papel y la pluma de una forma intuitiva, un poco involuntaria, casi mágica. No es un político, y para escribir de política hay que ser un político. Tampoco fue a las barricadas, aunque se presentará voluntario si llega el momento necesario de hacerlo. A una de esas mesas redondas donde es increpado, también asiste Mario Vargas Llosa, e incluso Cortázar comenta el poder revolucionario de La ciudad y los perros. En la literatura se puede hacer revolución sin apenas mencionarla. Incluso se atreve a decir que Fidel Castro estaría de acuerdo en esa afirmación. Cada uno a los suyo, si se tercia escribir un panfleto revolucionario, ya llegará
Para un lector del siglo XXI, es un poco chocante este apoyo destacado a la izquierda más revolucionaria, a Castro y al Che Guevara. No por otra cosa sino por la perspectiva del momento. Hispanoamérica era un hervidero de revoluciones y dictaduras militares, y la ilusión de la liberación vuelve a engañar a tantos y tantos ciudadanos de estos países tan maltratados por la historia y por sus dirigentes. Vargas Llosa, si acaso estuvo alguna vez de ese lado, ha corregido su pensamiento, ahora se considera liberal. García Márquez, otro de los fundadores del boom hispanoamericano, sigue con las simpatías izquierdistas y no muchos le ríen las gracias, aunque él no haya cambiado en estos años.
No es necesario ser de izquierdas para renegar de la dictadura argentina de los setenta, tampoco hay que ser de derechas para comprender, hoy, que Castro abusa de su pueblo. Nicaragua ha tomado otros derroteros, y las ideas revolucionarias nos parecen trasnochadas, pero no por eso inútiles. Han forjado gran parte de la política de hispanoamérica, y sólo cabe lamentar de ellas tanta sangre derramada por revolucionarios y anti-revolucionarios. Especialmente por los salvadores de patrias de los cuartelazos, sean o no autodenominados bolivarianos.
¿Estamos en el pragmatismo del siglo XXI ante fenómenos parecidos? Saltemos el charco para volver al ojo del huracán de la política nacional española. Aquí, es el nacionalismo y el terrorismo lo que define a los intelectuales de ciertas regiones de España. Si antes se suponía que ser escritor era ser de izquierdas, ahora se supone que ser intelectual de Cataluña o del País Vasco es ser nacionalista. Pero no es necesario ser "españolista" para renegar del terrorista de ETA. Un escritor vasco está, por ello, siempre sujeto a revisión contínua, siempre se espera de él una respuesta al último atentado, a la última declaración del partido político, del terrorista y del genocida.
Fernando Aramburu, por ser escritor vasco, ha estado sujeto a esa expectación por parte de la sociedad. Aramburu nace en San Sebastián, y vive en Alemania. Si se llamara Pérez, hubiera nacido en Córdoba y viviera en Alemania, nadie le cuestionaría sobre "el problema". Pero uno no nace donde quiere, ni hereda los apellidos que desea. Fernando Aramburu, sin embargo, no respondía a estas cuestiones. Estaba callado, esperando a que surgiera el momento del que hablaba Cortázar. Podemos ver en algunas de sus novelas previas ciertos signos, ridiculiza a nacionalistas (en Fuegos con limón hay varios ejemplos), no escribe en vascuence (ese vocablo es el que él usa) y ya era considerado un poco sospechoso por el pueblo.
Pero ha llegado la hora de hacerlo, de emitir un veredicto. Los peces de la amargura es un conjunto de relatos sobre la violencia en el País Vasco. Se trata de una obra madurada, escrita cuando el autor se sentía dispuesto a hacerlo, cuando estaba preparado para dejar claro una vez por todas la negación de la violencia y el absurdo del nacionalismo, pero de una forma que, estoy seguro, le hubiera gustado a Cortázar. Porque Aramburu no habla de política, no menciona consignas ni describe mítines, sólo muestra la vida de personas que sufren sin saber por qué. Personajes marcados por la mayor locura perpetrada en España después de la guerra civil. Y lo hace desde el suelo, pie a tierra y bien pertrechado de realidad. Vivir fuera en Alemania no lo mantiene desinformado.
Los pacifistas mantienen que si los soldados de los ejércitos enfrentados se conociera, hablaran y discutieran, se acabarían las guerras. Porque las guerras están dirigidas desde arriba, por personas que no se manchan de sangre. Si alguien es capaz de leer estos relatos y no sentir congoja, es porque es uno de los que los que provocan la violencia que los originó. Cuán diferente es la aproximación de Aramburu a la de Bernardo Atxaga. Ambos parecen estar en desacuerdo con el terrorismo, pero mientras que Aramburu nos muestra las entrañas de los inocentes y la crueldad de los que presentan la máscara de víctimas a unos y de verdugos a otros, Atxaga, por comparación, se pierde en consideraciones prácticas, posiblemente necesarias, pero frías y vaciadas de humanidad.
Si alguna vez le pregunta un amigo extranjero qué libro leer sobre el terrorismo de ETA, recomiéndele éste. Los peces de la locura andan sueltos, son resbaladizos y dificiles de atrapar, saltan y saltan en el agua buscando el océano, pero no saben que se encuentran en un tonel. Podrán venir ahora intelectuales "de izquierdas" a decir lo que quieran, pero Aramburu ya lo tiene todo dicho.
Nadie duda que Julio Cortázar fue un escritor comprometido con ideas de izquierdas. En su obra literaria es menos evidente, a no ser por algunos escasos relatos, sobre todo los últimos, y por su espeluznante Libro de Manuel. En su obra crítica, Cortázar intenta defenderse de ciertos intelectuales, normalmente muy jóvenes e impulsivos, y de algunos escritores, sobre su inactividad política. Julio Cortázar defiende su quehacer de escritor: nadie le puede imporner nada, sobre todo a él, que, como ha comentado muchas veces, es más médium que escritor. Sus palabras fluyen a través de su cuerpo hacia el papel y la pluma de una forma intuitiva, un poco involuntaria, casi mágica. No es un político, y para escribir de política hay que ser un político. Tampoco fue a las barricadas, aunque se presentará voluntario si llega el momento necesario de hacerlo. A una de esas mesas redondas donde es increpado, también asiste Mario Vargas Llosa, e incluso Cortázar comenta el poder revolucionario de La ciudad y los perros. En la literatura se puede hacer revolución sin apenas mencionarla. Incluso se atreve a decir que Fidel Castro estaría de acuerdo en esa afirmación. Cada uno a los suyo, si se tercia escribir un panfleto revolucionario, ya llegará
Para un lector del siglo XXI, es un poco chocante este apoyo destacado a la izquierda más revolucionaria, a Castro y al Che Guevara. No por otra cosa sino por la perspectiva del momento. Hispanoamérica era un hervidero de revoluciones y dictaduras militares, y la ilusión de la liberación vuelve a engañar a tantos y tantos ciudadanos de estos países tan maltratados por la historia y por sus dirigentes. Vargas Llosa, si acaso estuvo alguna vez de ese lado, ha corregido su pensamiento, ahora se considera liberal. García Márquez, otro de los fundadores del boom hispanoamericano, sigue con las simpatías izquierdistas y no muchos le ríen las gracias, aunque él no haya cambiado en estos años.
No es necesario ser de izquierdas para renegar de la dictadura argentina de los setenta, tampoco hay que ser de derechas para comprender, hoy, que Castro abusa de su pueblo. Nicaragua ha tomado otros derroteros, y las ideas revolucionarias nos parecen trasnochadas, pero no por eso inútiles. Han forjado gran parte de la política de hispanoamérica, y sólo cabe lamentar de ellas tanta sangre derramada por revolucionarios y anti-revolucionarios. Especialmente por los salvadores de patrias de los cuartelazos, sean o no autodenominados bolivarianos.
¿Estamos en el pragmatismo del siglo XXI ante fenómenos parecidos? Saltemos el charco para volver al ojo del huracán de la política nacional española. Aquí, es el nacionalismo y el terrorismo lo que define a los intelectuales de ciertas regiones de España. Si antes se suponía que ser escritor era ser de izquierdas, ahora se supone que ser intelectual de Cataluña o del País Vasco es ser nacionalista. Pero no es necesario ser "españolista" para renegar del terrorista de ETA. Un escritor vasco está, por ello, siempre sujeto a revisión contínua, siempre se espera de él una respuesta al último atentado, a la última declaración del partido político, del terrorista y del genocida.
Fernando Aramburu, por ser escritor vasco, ha estado sujeto a esa expectación por parte de la sociedad. Aramburu nace en San Sebastián, y vive en Alemania. Si se llamara Pérez, hubiera nacido en Córdoba y viviera en Alemania, nadie le cuestionaría sobre "el problema". Pero uno no nace donde quiere, ni hereda los apellidos que desea. Fernando Aramburu, sin embargo, no respondía a estas cuestiones. Estaba callado, esperando a que surgiera el momento del que hablaba Cortázar. Podemos ver en algunas de sus novelas previas ciertos signos, ridiculiza a nacionalistas (en Fuegos con limón hay varios ejemplos), no escribe en vascuence (ese vocablo es el que él usa) y ya era considerado un poco sospechoso por el pueblo.
Pero ha llegado la hora de hacerlo, de emitir un veredicto. Los peces de la amargura es un conjunto de relatos sobre la violencia en el País Vasco. Se trata de una obra madurada, escrita cuando el autor se sentía dispuesto a hacerlo, cuando estaba preparado para dejar claro una vez por todas la negación de la violencia y el absurdo del nacionalismo, pero de una forma que, estoy seguro, le hubiera gustado a Cortázar. Porque Aramburu no habla de política, no menciona consignas ni describe mítines, sólo muestra la vida de personas que sufren sin saber por qué. Personajes marcados por la mayor locura perpetrada en España después de la guerra civil. Y lo hace desde el suelo, pie a tierra y bien pertrechado de realidad. Vivir fuera en Alemania no lo mantiene desinformado.
Los pacifistas mantienen que si los soldados de los ejércitos enfrentados se conociera, hablaran y discutieran, se acabarían las guerras. Porque las guerras están dirigidas desde arriba, por personas que no se manchan de sangre. Si alguien es capaz de leer estos relatos y no sentir congoja, es porque es uno de los que los que provocan la violencia que los originó. Cuán diferente es la aproximación de Aramburu a la de Bernardo Atxaga. Ambos parecen estar en desacuerdo con el terrorismo, pero mientras que Aramburu nos muestra las entrañas de los inocentes y la crueldad de los que presentan la máscara de víctimas a unos y de verdugos a otros, Atxaga, por comparación, se pierde en consideraciones prácticas, posiblemente necesarias, pero frías y vaciadas de humanidad.
Si alguna vez le pregunta un amigo extranjero qué libro leer sobre el terrorismo de ETA, recomiéndele éste. Los peces de la locura andan sueltos, son resbaladizos y dificiles de atrapar, saltan y saltan en el agua buscando el océano, pero no saben que se encuentran en un tonel. Podrán venir ahora intelectuales "de izquierdas" a decir lo que quieran, pero Aramburu ya lo tiene todo dicho.


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