miércoles, mayo 23, 2007

Un novelista de envergadura

Andrés Ibáñez, en el ABC de las artes y las letras, comenta que es muy difícil escribir novelas de más de trescientas páginas. Que se puede ser escritor de cuentos, poeta o de novelas cortas mucho más fácilmente que de grandes novelas. Después del Elogio del libro grueso, y conseguir que José Luis acabe dándome la razón, podría estar de acuerdo en esa afirmación. Para escribir novelas largas (y que no sean un bodrio, se entiende) hay que tener una capacidad especial. Cualquiera puede escribir un soneto un día de primavera, y todo poeta tiene algún poema genial. Pero acercarse a la ímproba labor de escribir una novela voluminosa es aproximarse a la gloria del Olimpo. Siempre que la obra lo merezca.

El caso es que Ibáñez cae en una especie de tautología: el escritor de novelas voluminosas es el mejor de los escritores si la novela voluminosa encierra la suficiente calidad literaria. Básicamente coincido en que una gran novela es donde se observa al gran literato, posiblemente al genio. Pero en poco más. Porque novelas, precisamente, es lo que parece que es capaz de escribir cualquiera. Cualquiera que sepa cuáles son los resortes para escribir una novela de éxito. Un ordenador puede escribir fácilmente la reseña de una de estas novelas (recientemente se puede añadir nombres y lugares de forma personalizada). No me extrañaría que un día de estos un programador avezado, resentido por haber sido despedido de la NASA en el enésimo recorte presupuestario de la administración Bush, elabore el software definitivo para la redacción de novelones best-seller.

Orhan Pamuk es sin lugar a dudas uno de estos autores tocados por las musas, poseedor de la gracia celestial de poder escribir un tomo voluminoso y merecedor de numerosos elogios por todo el mundo. Me refiero a "Nieve", una novela inmensa en forma y fondo. Su estructura está impresionantemente medida, y dispone una serie de acciones paralelas, a modo de cortinas o decorados de teatro transparentes, que nos cuentan multitud de historias todas ellas relacionadas. De vez en cuando, el vendaval de la acción revolea todas esas cortinas, con nosotros en medio, mezclándonos en una explosión de sentimientos y pasiones. Pamuk no sólo describe la profunda paradoja de Turquía, a la vez laica y musulmana, hogar del último comendador de los creyentes del islam, sino una historia de amor y confianza, de soledad y arrepentimiento, llena de idealismo y realidad.

El protagonista es Ka, un turco residente en Alemania, exiliado político, que regresa a Turquía por motivos más o menos ocultos, aunque entre ellos se encuentra el de encontrar esposa. Ka se desplaza a Kars para, supuestamente, realizar un reportaje sobre el suicidio de unas mujeres en protesta por la prohibición de vestir el velo tradicional turco. Este viaje de Ka nos sirve para adentrarnos en la sociedad turca, dividida entre el sentimiento republicano laico y el religioso islámico. Ka también se encuentra dividido entre su europeismo y su calidad de turco, entre su soledad y el temor al dolor del rechazo. Ka viaja en el viaje místico de la vida, hacia un mundo lleno de complicaciones, alejado del edén de indiferencia de Francfort donde vive instalado en la rutina, la pobreza y la soledad.

En Turquía hay que decidirse, hay que tomar partido, hay que vivir o morir, no se puede asistir impertérrito al desarrollo de los acontecimientos terribles que van a ocurrir en Kars, entre la relativa tranquilidad de la ciudadanía, que vive temerosa de la revolución islámica pero desconfiada del régimen oficial nacionalista. Kars queda incomunicada por la nieve (kar en turco) y por ello separada de la vida externa, en un paréntesis espacio-temporal donde necesariamente el argumento tiene que resolverse. Los actos de Ka nos dejan perplejos, los diferentes personajes quedan perfectamente enmarcados en esta sociedad dual, donde las mujeres toman un papel muy importante en la novela, quizá un anuncio, o mejor un aviso a los tradicionalistas desconfiados de la inteligencia femenina.

Ka es poeta. La poesía, aunque no literalmente, está presente de forma importante en el libro, al igual que el amor, y compensa las escenas políticas que por otro lado nos parecen a los occidentales bastante comprensibles. No se trata de la lucha entre mal y el bien, sino la eterna historia del poderoso y el débil. No banalmente ha sido Pamuk condenado por ultrajar la nación turca, y se ha ganado la enemistad del nacionalismo turco más exacerbado. A la vez, es el autor más querido de Turquía, y consta además de numerosos seguidores por todo el mundo. Parece, pues, que las contradicciones internas de Turquía son las de Ka, y también, de manera plausible, las de Pamuk.

También en el amor, al igual que en la política, hay un poderoso y un débil, un amante y un amado, un donador y un receptor. Pamuk se adentra en este paralelismo entre el interior de los personajes y el exterior de la política, en donde nos cuenta la vieja historia de que el corazón no puede ser dominado por la intención. Historia mil veces repetida, no deja de conmovernos y emocionarnos. Inolvidable.

Durante la novela suceden hechos maravillosos y se describen situaciones inverosímiles que bien podrían ser ciertas, como el director del periódico local, que publica las noticias antes de que sucedan (y siempre acaban sucediendo) o las discusiones teológicas y la conversión al islamismo de Ka. La historia, narrada por su amigo íntimo Orhan, intenta reconstruir la historia de Ka a través de los poemas que escribió durante su estancia en Kars. Poemas que supusieron la rotura del silencio escritor de Ka, y que parecen perdidos. Orhan viaja, en los últimos capítulos del libro, a Kars, y la reconstrucción de los hechos resulta en un final sorprendente y de alguna forma premonitorio de la sociedad turca. Casi al final de la obra, uno de los más celebrados sucesos: un personaje le pide a Orhan que no escriba un libro sobre lo sucedido en Kars, porque desde tan lejos nadie lo comprenderá. Ningún lector, pues, estaría capacitado para comprender ninguna novela. En eso consiste precisamente la grandeza de la literatura: hacerlo posible.

He estado pensando mucho sobre lo que menos me ha gustado de la novela. Podría mencionar el título de los capítulos, un poco ingenuos, pero una vez terminada la novela los encuentro con sentido. Podría mencionar el tratamiento misericordioso de innegables rufianes, algunos terroristas y guerrilleros que aparecen puntualmente en la acción. Pero creo que todo al final encaja, que la belleza del libro emana de esas pequeñas contradicciones, que reflejan a su vez las contradicciones de Turquía, de Ka y de Pamuk. Que tire la primera piedra quien esté libre de ellas.