martes, abril 03, 2007

Elogio del libro grueso


Las razones por las que decidimos qué libro leemos son variopintas. Una de las más comunes es el comentario de un conocido, el boca a boca, alguien nos cuenta lo buen libro que es, o lo mucho que disfrutó leyéndolo. Otra fuente muy común es la reseña o crítica literaria, ya sea en periódicos, revistas y demás prensa escrita, así como los anuncios publicitarios y acontecimientos denominados culturales, que son en realidad promociones comerciales de las editoriales. Los libreros también sirven de avisados consejeros en muchos casos, sobre todo cuando el comprador no tiene mucha idea del panorama literario actual. Y finalmente está la lectura del autor ya conocido: si nos ha gustado un libro de Pérez, es bastante común que busquemos más libros de ese tal Pérez. Podemos, de hecho, hacernos lectores compulsivos de Pérez. Mi amigo José Luis es uno de ellos, hemos llegado a afirmar de él que conserva más textos escritos de, por ejemplo, Antonio Muñoz Molina que el propio Muñoz Molina. Cosa harto probable, cuando observamos maravillados su impresionante colección.

Pero hay una razón para elegir libros que, aunque ahora nos pueda parece poco importante, es una de peso, y nunca mejor dicho. Esta razón es el tamaño. Y no me refiero al tamaño físico, sino a la extensión de lo escrito. Yo soy un ferviente lector de libros gruesos. Un libro de más de quinientas páginas me ofrece confianza, me aporta seguridad de que voy a pasar horas disfrutándolo, de que no acabaré de leerlo en una única tarde, ni siquiera en una semana. Significa un constante estímulo durante las horas que dedique a leerlo, pasaré meses imaginando su progreso, su final. Tiempo y tiempo que mis pensamientos estarán dedicados a un tema particular, ese voluminoso libro.

Los libros me acompañan en momentos de soledad y aburrimiento, me relajan durante su lectura de las contingencias del día, me ayudan a dormir haciéndome olvidar los embates de la vida diaria. Abren una ventana al pensamiento del autor, y me hacen viajar a lejanos paises, ciudades desconocidas, culturas ajenas. Transmiten tambien desasosiego y angustia; no suelo realizar lecturas evasivas. Simplemente es un universo propio, una comunicación entre autor y lector que me transporta a un estado de consciencia diferente. Ese mundo aparte que establece la relación unívoca entre escritor y lector, una relación que si es placentera, me gusta mantenerlas durante días, semanas, meses quizá, si el libro es suficientemente voluminoso.

El libro me acompaña en los momentos más privados, me cuesta conciliar el sueño sin haber leido algunas páginas de mi compañero. A veces me quedo dormido con él en mis manos, se queda entre las sábanas durante horas. Tantas placenteras sensaciones emanan del libro que anticipo el efecto de su lectura con solo tocarlo, sopesarlo e incluso mirarlo. Por todo ello, me gustan esos libros que duran más de lo normal, aquellos que pueden hacerme disfrutar más tiempo.

Un libro de pocas páginas es para mí como una desilusión. Como la del amigo que se va, o la de la novia que te abandona, o la de la película que dejas a medias. No llego a establecer con él esa sensación de continuidad que ofrece ese libro largo y extenso, del que el apego surgido entre ambos es difícil de olvidar.

Soy consciente de que hay obras maestras de la literatura extraordinariamente breves, o de que es posible leer muchos libros pequeños, seguir leyendo uno tras el otro. Pero no es lo mismo. Contemplar como avanza el marcador de páginas durante semanas y semanas, lentamente pero con constancia, a lo largo del volumen es para mí una sensación más que placentera. Repasar capítulos ya leídos de los que queremos recordar algún olvidado detalle. Sopesar el tiempo empleado en la lectura de una parte del libro y calcular el tiempo restante para llegar a su fin.

Como todo lo humano en la vida, la lectura de un libro, aunque sea voluminoso, llega a su fin. Al leer la última página cerramos un episodio de nuestra vida, un amigo nos abandona, y nos prepara para la llegada de otro, esperemos que sea mejor compañero todavía.

3 comentarios:

josé luis dijo...

Para que se viera que dentro del Grupo Alhamar hay disensiones internas de lo más profundas y luchas intestinas por el poder, que eso da en estos tiempos mucho prestigio intelectual, pensaba escribir un “Elogio del libro fino”, entre otras cosas porque es el tipo de libro que suelo leer. Iba a poner por las nubes a Augusto Monterroso, que quizás sea el máximo exponente de la brevedad literaria, además de apreciar su innegable calidad en las distancias cortas. Por cierto, hablando de Augusto Monterroso y de los libros impostores que el que más y el que menos suele tener en su casa, aconsejo vivamente la lectura de un cuento suyo (muy corto, como todos) que se titula “Cómo me deshice de quinientos libros”, y que comienza con una frase genial: “Poeta: no regales tu libro; destrúyelo tú mismo”.
Pero íbamos por la alabanza del libro fino, o lo que yo hubiera pretendido escribir, porque al final no me ha salido. Y no lo he podido hacer porque Rafa tiene razón: un libro grueso es mejor que un libro fino, y mira que lo reconozco con todo el dolor de mi corazón y en contra de uno de mis principios más arraigados. Pero la realidad es aplastante y a la realidad hay que plegarse. Porque repasando los libros que más me han gustado a lo largo de mi vida, veo en mis recuerdos unos tochos de tomo y lomo que no se los salta un galgo.
Pocas veces he disfrutado más con la lectura que con un libro de Charles Dickens en la mano. La primera vez que lo hice, con “Los papeles póstumos de Club Pickwick”, por pocas me descuajaringo de risa. Después me he reído menos, pero me lo he pasado si acaso mejor, y lo que es evidente es que Dickens, cuando se ponía en serio a escribir, no bajaba de las seiscientas páginas. No creo que haya ni una sola que no me haya hecho disfrutar.
Con Joseph Conrad me ha pasado igual. Es cierto que una de sus obras maestras, “El corazón de las tinieblas” es una joya de la novela breve, pero sus mejores muestras de talento, al menos para mí y para unos cuantos millones de personas más a lo largo de un siglo, las dio con novelas como “Nostromo” o “Lord Jim”, que por su volumen podrían servir perfectamente para construir sólidas casas. Para no irnos muy lejos en el tiempo, también encuentro a Mario Vargas Llosa, que me apasiona, y que además me apasiona más cuanto más gruesos son sus libros. “La guerra del fin del mundo” o “Conversación en La Catedral” son buenos ejemplos de novela total, de esas que ya no se escriben y que no dejan un respiro que no sea de pura felicidad.
Pero, desde un punto de vista muy personal, la palma se la lleva Marcel Proust y “En busca del tiempo perdido” con sus tres mil quinientas páginas, de las que yo no quitaría una sola coma. Y es cierto lo que dice Rafa: después de leer uno tantas miles de páginas, no es que termine siendo el escritor amigo de uno, es que ya es de la familia. De hecho, en París una de las cosas que hice fue ir a ver la tumba de Marcel Proust a Père-Lacheise, no por una cuestión de morbo (para eso voy a ver la de Larra y de camino me pego un tiro encima de la lápida con un trabuco) sino porque, cómo decirlo, allí dentro estaban los restos de una persona con la que he pasado más tiempo que con algunos de mis amigos. ¡Adónde va a parar Borges comparado con Proust! ¡Pero si es empezar sus libros y ya los has terminado! Ese tío ni es amigo mío ni es nada. Cuando María José me dijo en Ginebra de ir a ver su tumba, le pregunté, ¿quién es ese tal Borges? ¿El de los cacahuetes?

Rafamaldo dijo...

A pesar de que a tí te hayan gustado algunos gordos libros, no significa que sólo por ello te apetezca leerlos. Un elogio más fino y ponderado de muchos libros que me gustaron puede empezar con obras muy livianas en peso, pero no en intenciones. Al menos, antes había editores con vergüenza y así solían meter juntos el Pedro Páramo y El llano en llamas para que el comprador no se sintiera defraudado en peso. Porque en intensidad literaria cualquiera de esas dos obras gana al Club Pickwick. Pero Rulfo era de por sí vago, y no terminó escribiendo más de dos mil páginas en toda su vida.
Y digo lo de los editores sin vergüenza porque aún me duele la compra de un libro de Bioy Casares, otro maestro de la brevedad. Hay que tener la caradura de Tusquets para estirar "El lado de la sombra" en 256 páginas. Hubiera cabido perfectamente en 60, pero claro, entonces gastarse 1200 pesetas de las de antes en eso hubiera sido llamado un acto de piratería. El caso es que era yo entonces un estudiante "pelao" y ese libro no lo llamo impostor, sino timo de tomo y lomo, pero lomo finito.
Comprenderás que además de vago, Monterroso me parezca más cercano a Luis Candelas que a Charles Dickens. Si Dickens hubiera editado en Tusquets, ahora sería más rico que Bill Gates, y Tusquets podría donar miles de millones a luchar contra el analfabetismo en Sudán. Pero no, gracias a Dios.
No terminaré estas ínclitas líneas sin citar otro minúsculo libro de mi predilección: El contrabajo, del otro vago Süskind, del que apenas se han publicados tres o cuatro libros en castellano. Como no sé alemán, no habré podido leer su ingente cantidad de materail periodístico, pero me da en la nariz que no.

Rafamaldo dijo...

Retomo un año más tarde este hilo, para añadir un comentario sobre Monterroso y su brevedad literaria para comentar una noticia increíble. El escritor guatemalteco (es como aprovechan los periodistas para decir que Monterroso es de Guatemala, y así no repetir el nombre) ha donado su legado literario a la Universidad de Oviedo. Podría imaginarse que en un par de carpetitas cabría todo lo que Monterroso podría guardar en su escritorio, a tenor de la profundidad de sus obras. Pero, oh sorpresa, se trata de nada más y na da menos que de cinco toneladas de papelotes y otras porquerías. Un poco de síndrome de Diógenes, fetichismo bibliófilo y guarrería consumada...