sábado, abril 28, 2007

El increíble potencial de Herbert W. Armstrong


Se conoce que a Herbert W. Armstrong le ocurrió lo contrario que a Dorian Gray: cuando era joven se hizo un retrato de anciano, de manera que por mucho que envejecía nunca llegaba a estar tan viejo como en su propio retrato. Naturalmente buscaba respetabilidad para liderar una iglesia de quinta categoría, de manera que nunca sabremos si con cuarenta y tres años vestía vaqueros y camisas con estampados hawaianos porque su foto oficial durante sesenta años fue la que aparece junto a estas líneas.

En la imagen aparece demasiado respetable, demasiado cercano, para que resulte creíble. Por eso se hizo el retrato al óleo. No quería aparecer en ninguna instantánea con los ojos semicerrados o el nudo de la corbata desecho, con una risa simplona o mostrando impúdicamente los caninos. Hay una pulcritud en el retrato que induce a la sospecha: el pelo casi níveo que le nimba el noble óvalo que forma la cabeza; las cejas pobladas pero atractivas; la nariz recta, sin que se le vean las fosas que tanto afean; el conjunto que forman la mirada limpia, detrás de unas gafas que parecen no tener cristales, y las orejas un poco grandes pero bien proporcionadas, como si fuera una de esas personas que todo lo escuchan y todo lo comprenden, que tienen una palabra de consuelo para cada ocasión, que observan en los demás lo que ni ellos mismos son capaces de ver. Y por fin la sonrisa apenas insinuada, con un gesto responsable de complicidad sin llegar al compadreo, obligando al rostro a marcar las únicas arrugas que se ha permitido el pintor a pesar de la avanzada edad del retratado, en una especie de lifting o precedente ilustre del Photoshop que sin embargo no se nota mucho.

Se ve que es un hombre sereno y amable pero no un beato, en el que sobre todo se puede confiar, y confiar cualquier cosa: un secreto, alguna mala acción, una alta cantidad de dinero, nuestras propiedades. El corte perfecto del traje, oscuro sin llegar al lúgubre negro, y el señorial despacho donde se alcanza a ver la majestuosidad de una gran bola del mundo, nos indica que tiene el suficiente patrimonio como para no desear el de los demás. Es un hombre recto, de toda la vida, que aún enseña los gemelos sobre la impoluta camisa blanca, que se apoya con decisión sobre sus codos, sin mostrar achaques ni cansancio.

El artista nos deja ver un mínimo entorno y unos detalles atemporales, como corresponde a un retrato que se hace con mucho tiempo de antelación sobre la improbable posteridad: algunos libros de exquisita encuadernación, un sillón clásico tapizado con un capitoné que acepta fácilmente el paso de las modas, una mesita de madera noble, el citado traje azul oscuro que sirve para cualquier tiempo y ocasión. Si acaso, el retratista le ha hecho un guiño a los espectadores pintando unas manos, si bien es verdad que grandes y poderosas, también ya incipientemente castigadas por la artrosis, como si fuera un médico desaprensivo que advirtiera a su paciente que esa suave sonrisa acabará en una mueca de dolor. Pero el óleo no duele.

En cualquier caso, nos asalta la sospecha de que un líder espiritual como el señor Armstrong se hizo a conciencia un retrato con esta edad para que no le pasara como a su colega Jesucristo, del que no se conserva ni una sola imagen de viejo.

Podríamos preguntarnos: ¿qué hace este señor en un blog literario? Pues por una razón elemental: igual que el relato de Dorian Gray, los libros que escribió Herbert W. Armstrong también pertenecen al genero de la literatura fantástica. Y aunque parezca mentira, yo tengo tres libros de este caballero, escritos posiblemente cuando aún se peinaba a raya y se iba de juerga los sábados por la noche (aunque en la contraportada aparece este mismo retrato). Reconozco haber tenido una juventud inverosímil y sincopada, con la suerte de haberla podido compartir con otros amigos jóvenes igualmente inverosímiles y sincopados. En mi descargo puedo alegar que los citados tres libros, cuyos títulos hablan por sí mismos (El Maravilloso Mundo de Mañana, La Llave Maestra de la Profecía y El Increíble Potencial Humano -las mayúsculas no son mías-, todos ellos remitidos generosamente desde los Estados Unidos) los tengo escondidos detrás de los de Muñoz Molina, con una capa de polvo que ayudo a engrosar de manera consciente cada vez que paso el plumero por encima del resto de los libros.

Del mismo modo, declaro en mi defensa que no he leído ni una sola página de ellos, no vaya a ser que me den ideas. Para poder ofrecer una muestra del talento literario del señor Armstrong (y de camino no mancharme las manos de polvo tan bien sedimentado), he tenido que acudir a Google, pero mira por dónde, me ha aparecido la siguiente cita anónima: “Si rehusamos leer aquello con lo que no estamos de acuerdo, ¿cómo podremos alcanzar jamás una visión clara y profunda de aquello con lo que sí estamos de acuerdo? Los libros más provechosos y que más vale la pena leer son aquellos que desafían nuestras convicciones”. Ni a propósito. Lástima que yo no tenga convicciones que poder desafiar.

Pero sigamos. Aquí va un pequeño fragmento de este egregio escritor, para que no podamos decir que no es profundo: “¿Cuál es el origen de la Navidad? ¿Es la Navidad realmente la celebración del nacimiento de Jesucristo? ¿Nació Jesús un 25 de diciembre? Los apóstoles originales (sic), quienes conocieron a Jesús personalmente y fueron instruidos por Él, ¿celebraban su cumpleaños el 25 de diciembre? ¿La idea se les ocurrió alguna vez? Si Dios hubiera querido que guardáramos y celebráramos el cumpleaños de Jesucristo, no habría ocultado la fecha. La falta de espacio nos impide mostrar las escrituras que indican que este acontecimiento sucedió a principio de otoño, posiblemente en el mes de septiembre. Y si la Navidad es la festividad más importante del cristianismo, ¿por qué tantas personas que no son cristianas la observan? ¿Lo sabe usted?”

No, no quiero saberlo, y hasta estoy por decir que ni me importa. Pero aún queda una pregunta más enigmática que ahora hago yo mismo: “¿Por qué conservo aún los libros de este sujeto?” Pues muy fácil: porque soy un fetichista bibliófilo. Y lo digo con la compunción propia de una reunión de Fetichistas Nónimos. Siento decirlo, pero es La Pura Verdad.