martes, marzo 13, 2007

Fetichismo bibliófilo

Creo que mi hermano tiene razón, el coleccionismo es una especie de fetichismo por el objeto de la colección. Es curiosa esa costumbre humana del coleccionismo. Nos da por acumular cosas que de una forma u otra nos gustan, pero sólo por el hecho de poder ser coleccionadas. Periódicamente, cada principio de año, o de curso escolar, la publicidad nos inunda de anuncios de coleccionables, la galería del coleccionista de chorradas, de los que ignoro su éxito, pero que sospecho que al menos es intermedio, porque se repiten año tras año.

Es difícil explicar este extraño comportamiento. Un antropólogo evolucionista podría hacerlo alegando ancestrales comportamientos de acumulación de alimentos o bienes, maneras heredadas del neolítico. Posiblemente este comportamiento sería seleccionado como positivo durante la evolución humana, ofreciendo mayor capacidad de supervivencia a los coleccionistas de alimentos y a su descendencia. Pero son meras especulaciones, el caso es que el coleccionista acumula sus tesoros en la mayor parte de los casos bajo un túpido manto de pudor, como si fuera una ofensa el que señores hechos y derechos se dediquen a coleccionar vitolas de cigarros o sellos de correos, por mencionar dos coleccionables muy respetables.

Pero hay colecciones que exponemos sin rubor a las visitas, me refiero a los libros. La mayoría de los apasionados por la literatura coleccionamos libros. Todos hemos leído libros de bibliotecas, por diversos motivos que algún día comentaré, pero normalmente el buen lector acaba acumulando una gran cantidad de libros en casa, que suelen exponerse en muebles especiales para tal efecto, las librerías. Da que pensar, porque no existen muebles dedicados a exponer monedas o vitolas, o al menos no son fáciles de encontrar, aunque un tío mío tiene un expositor de relojes de pulsera que contiene al menos trescientos ejemplares.

El lector acaba pues casi siempre convirtiéndose en un amante de los libros, y termina por gustar del peso, de su olor, de su volumen, y no únicamente de las ideas y palabras que contienen. Adicionalmente, la palabra bibliófilo se reserva para aquel coleccionista de libros de primeras ediciones, reliquias curiosas o simplemente raras. Pero no me refiero a éste, sino al lector normal que poco a poco va amasando una gran cantidad de papel encuadernado. Yo conservo prácticamente todos los libros que he ido adquiriendo a lo largo de los años, aunque no podría decir qué proporción representan respecto de los que he leído.

Los grandes escritores suelen ser grandes lectores. O al menos algunos de ellos comentan sobre el problema que representa la enorme acumulación de libros en sus hogares. Si el escritor tienen cierto prestigio o renombre, acumula además libros que no ha requerido, como Antonio Muñoz Molina, que periódicamente los envía a bibliotecas de países en desarrollo. Por eso me sorprende la existencia de escritores que tiran los libros una vez leídos, como comentaba José Luís de Eduardo Mendoza en su magnífica entrada "La verdad del caso Mendoza". Hay de todo.

Esta disposición de los libros en los mejores lugares de los hogares, y su manifiesta capacidad de enorgullecer a sus propietarios puede llegar a su fin. Mi hermano me comentaba que el coleccionismo de música o de películas ya está acabando, porque opina que la desconexión entre el tangible coleccionado y el coleccionista hace que se rompa la cadena del fetichismo. No estamos preparados para ser coleccionistas de bites o píxeles. Me refiero, por supuesto, a la inquebrantable tendencia del mercado de reducir, en tamaño y prestaciones, la música y el cine coleccionable.

Los que llegamos a cierta edad, recordamos con añoranza los LP, aquellas magníficas portadas y contraportadas de los 33 rpm, de un tamaño perfecto para acomodar un trabajo artístico considerable, las letras de las canciones y todos los datos posibles de los intérpretes. Con la llegada del CD, se recortó el rango dinámico musical, a la vez que ese gran formato de portada y contraportada. Todavía quedaba el librito del interior del joyero (jewel box se llama la caja del CD), pero ahora la música se vende en archivos comprimidos que, otra vez, han supuesto un recorte en calidad y la eliminación casi total del fetichismo del objeto. Con el cine está pasando algo parecido, y el libro está en el siguiente paso de la amenaza. Amenaza que, me alegro, siempre está al llegar pero nunca acaba haciéndolo.

Otra de las características del coleccionismo es la accesibilidad, la capacidad que yo, por ejemplo, tendría de poder acceder a un poema de Neruda o a un pasaje del Manuscrito encontrado en Zaragoza, revisando mi biblioteca. Saber que está ahí, que podría leerlos cuando quisiera, aunque nunca lo haga. Disfrutar simplemente pasando la vista por los estantes de la librería. Se trata de otro de los fetichismos que van a desaparecer, sin duda, porque en un futuro próximo, y por internet, podremos acceder a la totalidad de los textos escritos por el hombre, y aún muchos más. Unas máquinas, artilugios electrónicos o computadores los escribirán. El coleccionismo de libros habrá llegado a su fin, y la literatura a su ocaso.

2 comentarios:

josé luis dijo...

Creo que el hermano de Rafa tiene razón, como tiene razón Rafa en esta excelente entrada. Al fin y al cabo los dos son hermanos y algo se les tenía que pegar de familia aparte del sentido del humor, pero es que además los dos estudiaron aquellos inolvidables libros de Lengua y Literatura de Lázaro Carreter, que a los tres nos hizo odiar un presunto maestro cerdícola de cuyo nombre no quiero acordarme, y eso une mucho (quiero decir, el odio hacia una misma persona).

Y hablo de Lázaro Carreter porque en la segunda acepción que da el Diccionario de la Lengua Española de la RAE a la palabra fetichismo se dice: fig. Idolatría, veneración excesiva. Si esta acepción la dejó ahí el excelso profesor sería por algo. Por otro lado, cierta parte de la psiquiatría tradicional señala que el fetichismo es observable sobre todo en el hombre, y algunos autores han llegado a negar su existencia en la mujer, lo que tal vez explicaría la escasa propensión del género femenino a coleccionar vitolas de puros, sellos, monedas o cromos de futbolistas, aunque los más modernos especialistas indican que también puede darse en ellas, una vez iniciada su liberación del yugo masculino, como más tarde creo que podré demostrar.

Lo más inquietante es que los mismos psiquiatras de los que hablo indican que el fetichismo es actitud corriente entre neurópatas, tímidos, angustiados, psicasténicos y esquizofrénicos, lo que siempre da mucha tranquilidad conocer, puesto que uno no sabe definirse cuando alguien, a bote pronto, le pregunta cómo es, así que con decir que uno es fetichista se está definiendo de maravilla y además deja turulato al personal, que para eso está: es lo que tiene hacer preguntas tontas.

Si en verdad se trata de una cuestión de veneración, sin duda los libros son para nosotros venerables no sólo como objeto en sí, sino como objeto que contiene lo que veneramos, en este caso, buena literatura, y a mi propia vida puedo remitirme. Como bien sabe Rafa, tengo la casa empapelada (nunca mejor dicho) de libros, pero aun así, los que se ven son los que más me gustan, porque dentro (o debiera decir, detrás) de mi biblioteca hay otra biblioteca (esto es muy borgiano) con todos los libros impostores que he ido adquiriendo a lo largo de mi vida. Como bien sabe Rafa, se denominan libros impostores aquellos que se han comprado sin saber muy bien por qué, en alguna Feria del libro de ocasión o porque aquel día a uno se le cruzaron los cables, pero que han resultado malos de solemnidad y uno siente vergüenza propia por haberlos adquirido y vergüenza ajena de que se hayan impreso o escrito.

En mi caso, además, se da la circunstancia de que han llegado por propia voluntad (o por falta de memoria y entendimiento, también propias de mi propia alma), no como en otras casas que suelen arribar como consecuencia de lamentables regalos de Navidad y otros acontecimientos festivos, normalmente con la marca de la editorial Planeta. Ya digo que no es mi caso, ya que la única persona que tiene arrestos para regalarme un libro es María José, y de los cientos que me ha podido regalar en 24 años no ha errado con ninguno, lo que supongo que debería figurar en el Libro Guinness de los récords, si no fuera porque María José es muy tímida y además la Guinness prefiere bebérsela que figurar en ella.

Pues bien, para dar la razón a Rafa he de decir lo siguiente bien alto y claro: los libros impostores los tengo escondidos detrás de los libros buenos, en una segunda fila infame e inconfesable, en una especie de biblioteca de serie Z, por utilizar un símil cinematográfico. Paco Umbral dice que esos libros los tira a la piscina, pero yo que no tengo ni bañera, sino un plato de ducha, no sé muy bien qué hacer con ellos. Podría donarlos como hace Muñoz Molina, pero no lo hago por compasión o, expuesto de una manera más fina, por imperativo categórico o apodíctico kantiano: “Actúa de forma que la máxima de tu conducta pueda ser un principio de Ley natural y universal” o dicho a la manera linarense, “no le arrees a los demás lo que no quieres para ti y trágatelo con patatas fritas”. Lo importante es que el hecho de no exponerlos ni siquiera a mi propia mirada le daría la razón a Rafa en su concepción del fetichismo bibliófilo, como manifiesta manera de enorgullecer a los propietarios de los libros, exponiéndolos en los mejores lugares de sus hogares, en el caso, eso sí, de que el hogar sea lo suficientemente grande, porque si no puede ocurrir lo que me ocurre a mí, que más que exponerlos los pongo ya en cualquier sitio por falta de espacio, a saber: encima del ordenador, sobre el equipo de música, apilados en varias mesas cuya función no era esa, entre los juguetes del chiquillo, tirados en el suelo al lado de la cama, sobre el microondas, encima de un montón de papeles del banco, sobre la impresora, metidos en el armario ropero, etc. No sigo para que nadie se piense que ésta es una entrada sobre cochinería bibliófila y no sobre fetichismo, que también puede ser una cochinada por cierto, y de las más finas.

Respecto a la música o el cine coleccionable siento disentir de Daniel y desde estas páginas lo invito a que vea la pechada de bites que tengo almacenados en mi casa en forma de discos compactos a la vista de cualquiera, aunque últimamente, y por motivos piráticos que no vienen al caso, y dada ya una cantidad apreciable sobre todo por José Luis Garci, los voy acumulando en unas cajas de zapatos muy monas porque ya no se puede dar un paso en esta casa sin que te des con un disco, un libro o una película.

Claro está que, volviendo a la psiquiatría moderna, no puedo decir lo mismo de mi armario, donde no se podría hablar precisamente de lo que se llama fetichismo de adherencia, expresión empleada por Hirschfeld para agrupar todos los fetichismos del vestido bajo una misma denominación, o dicho de otra manera, todos los fetiches inmediatamente unidos a la piel o el cuerpo. Sé que las feministas me matarían si leyeran esto, pero no sería descabellado hablar de un pujante fetichismo de adherencia entre el género femenino con sólo abrir alguno de los armarios de cualquier casa o un armarito del cuarto de baño donde habite una mujer. La de potingues, cremas, cepillos, pantalones, jerseys, medias, sujetadores, perfumes, bragas, zapatos y camisas que ya no se usan ni se van a usar jamás que se pueden acumular en estos muebles hechos al efecto, es algo digno de estudio. Yo sólo apunto aquí un tema que otros más sagaces que yo, como el dueño de Zara, han sabido ver y aprovechar con más claridad de ideas.

No quiero acabar sin referirme a la pesimista profecía de Rafa acerca del fin del fetichismo bibliófilo y sobre todo, del ocaso de la literatura. Rafa habla de un futuro próximo en que las máquinas escribirán los libros como si ese futuro no hubiera llegado ya en forma de escritores falsos o programados como máquinas para escribir lo que la editorial les dicte y los pedorros y las pedorras que presuntamente se quieren dar el pote de llamarse lectores demandan y compran en esas tiendas que aún se llaman librerías y que también desaparecerán con el tiempo. Más que el ocaso yo le llamaría el apocalipsis, con sus cuatro jinetes incluidos, que varían según la temporada pero que no descartan cierta perpetuidad en nombres como Matilde Asensi, Jorge Bucay, Danielle Steel o Paulo Coelho, entre muchos otros.

A lo mejor mi abuela era la que llevaba la razón cuando iba a la gorda de la calle Serrallo a alquilar cada dos días las novelas de Corín Tellado y de Marcial Lafuente Estefanía, novelillas editadas en un papel cochambroso que tenía la virtud de mancharse con toda la pringue y la suciedad de las manos que pasaban por ellas sin que por este motivo se transmitiera enfermedad infecciosa alguna, cuestión que debería estudiar la ciencia para un mejor conocimiento del sistema inmunológico humano. Aquello sí que era bibliofilia y no lo de ahora. Para mí que la culpa del fetichismo la tiene el cartoné.

Rafamaldo dijo...

Yo perdoné a la editorial Planeta desde que publicó "El jinete polaco". Y la seguiré perdonando por ello...