martes, febrero 20, 2007

Viajes en el Scriptorium. N. R. Fanshawe

Estaba ansioso por leer la nueva novela de N. R. Fanshawe. De sus últimas novelas apenas recuerdo nada, debe haber publicado la última en los años setenta. 1970, se entiende. Leí que estaba preparando un gran acontencimiento literario, la gran novela americana del siglo veinte, o al menos la gran novela americana del último tercio del siglo veinte, o del último cuarto. No sé. Pero resulta que viene con un extraño ejercicio sobre las posibilidades metaliterarios de los personajes de varias novelas de otro autor conocido, Paul Auster, del que hace poco comentaba sus locuras de Brooklyn.

El Scriptorum es la habitación, normalmente bien iluminada, donde los monjes escribían, más bien copiaban, en aquellos remotos tiempos donde no había imprenta. De sus manos salían esos incunables bellamente ilustrados que me maravillan sin cesar. No puedo olvidar el "Libro de las muy ricas horas del duque de Berry", expuesto primorosamente en el castillo de Chantilly. Se trataba normalmente de una habitación con amplios ventanales en todas la paredes, con la intención de aprovechar las horas del día. No tanto para poder viajar por él, pero Fanshawe, lo sabemos, propone este título por un motivo más metafórico que práctico.

Estamos observando a un señor, un anciano, probablemente un enfermo, porque está siendo vigilado, sus movimientos constantemente registrados por una cámara, sus imágenes y sus sonidos grabados, comentados y posiblemente hasta exhibidos. Aprendemos que se llama Mr. Blank. Es decir, hueco, espacio en blanco, algo que podemos rellenar con nuestra escritura o con nuestro pensamiento. Y parece que no sólamente lo podemos observar, sino que el relato pasa a ser narrado por Blank, que tiene algún tipo de amnesia porque no recuerda que hace allí. Hemos entrado pues en la mente del vigilado. A partir de aquí, Mr. Blank va descubriendo los alrededores, su habitación, como si fuera la primera vez que la ve. Descubre con estupor que hay trozos de cinta etiquetando la PARED, la MESA, la LÁMPARA. ¿Podría olvidar su nombre? También encuentra un cómodo sillón, y un escritorio con un montón de fotografías, una serie de páginas escritas, una libreta y un bolígrafo.

No sabremos por qué Blank se encuentra allí, ni sabremos si está por propia voluntad, o porque le han encerrado. Pero poco a poco vamos vislumbrando el juego que Fanshawe nos propone con Blank. Mr. Blank ahora parece el jefe de una agencia de espionaje, quizá el director de la ADA (Agencia de Detectives Auster), un super-ego que podríamos analizar con la lente pseudocientífica del psicoanálisis, encerrado allí por petición propia y por su bien. Pero él es en realidad la mente de Fanshawe, la mente creadora, no Fanshawe como persona, sino su inspiración literaria, su inteligencia escritora, su imaginación inventora, que envia a sus agentes a las más peligrosas misiones salidas de su inventiva.

Ahora viene una sorpresa: varios personajes de las novelas de Paul Auster entran y salen de la habitación, le llaman por teléfono, le visitan. Le tienen respeto y cariño, sobre todo porque Blank no parece recordarles... para eso están sus fotografías en el escritorio, pero son fotografías tomadas en el momento que los conoció, o contrató, Blank. O el momento en que los inventó Auster. O Fanshawe. Han pasado los años, y fuera de la habitación, ellos también han envejecido. Curiosamente, no le guardan rencor a pesar de haberlo tratados mal. Uno de ellos, sin embargo, le reclama que lave su memoria. Como Augusto a Unamuno.


Si fue en El Quijote donde por primera vez aparecieron estas extrañas relaciones entre el autor y sus personajes, no podemos llamar esta novela de literatura post-moderna. Tampoco voy a poner a Fanshawe en el panteón de escritores ilustres junto a Cervantes. Pero sí que cabe, junto a Unamuno y Trapiello, a Kafka y a Beckett, en una interesante lista de autores implicados en crear literatura de la literatura, en imaginar que el mundo es según se escribe, y que escribir es crear mundos.

Curiosamente, esta novela se parece a muchas obras de Paul Auster, sobre todo en los repetidos efectos autoreferenciales entre autor y obra. Paul Auster ha hecho aparición en varias de sus propias novelas, y también su familia. Sophie, el nombre de su hija, es el nombre tanto de varios de los personajes de Fanshawe, imaginados por Mr. Blank e incluso manoseados por él, como de personajes de la novelas de Auster. Adicionalmente, Fanshawe apareció en la novela "La habitación cerrada" de Auster. Curioso título que nos recuerda la habitación de Blank, y tema recurrente en las novelas de Auster: el escritor encerrado, con la única compañía de su imaginación.

¿Qué extraña relación hay entre Fanshawe y Auster? ¿Es Auster un pseudónimo de Fanshawe?¿Hay relación con la admiración de Auster por Nathaniel Hawthorne y el título de su primera novela, precisamente "Fanshawe"? El juego metaliterario se hace infinito. Mr. Blank ahora lee unos folios mecanografiados que se encuentra en el escritorio, un relato que nos recuerda la gran novela americana que estaba preparando John Trause en "La noche del oráculo" de Auster. Blank termina de redactar el relato, a petición de su médico, en un ejercicio de creación dentro de la creación, de una obra que viene, quizá, de los primeros devaneos literarios de, otra vez, Paul Auster.

Quizás, una gran alegoría de la creación literaria, un ejercicio de metaliteratura llevada al más alto grado de autoreferencia, un ejemplo del funcionamiento de la mente de un escritor. O quizá refleje la soledad y desespero del creador frente a sus creaciones. Una novela que la crítica puede poner como ejemplo de literatura para literatos. O quizá nada de esto.

Pero sin lugar a dudas se trata de una literatura que no describe lo que pasa alrededor del escritor, sino que crea mundo nuevos, enrevesados e inquietantes. Tal y como la mayoría de las novelas de Auster provocan, leer este libro no es solamente abrir sus páginas y descifrar su contenido. Este libro se lee pensando en él mientras uno se ducha, prepara el desayuno o intenta conciliar el sueño. Una literatura encerrada en una habitación, en un scriptorium privado. Si necesitan entrar en un mundo propio alejado de la realidad, esta es una novela excelente, que no necesita para ser interesante haber leido las obras anteriores de Fanshawe. O de Trause. Ni siquiera de Auster.