viernes, enero 12, 2007

Mauricio o las elecciones primarias. Eduardo Mendoza

No se preoupen, no se encuentran ustedes ante una novela extraordinaria, ni ante una revolución del mundo de las letras españolas. Porque de estos dos calificativos he visto acompañada la novela que trato hoy. Sin embargo, hay que ser un lector de Mendoza para entender que en ésta se ha dejado la piel el autor. Para un escritor que ha llegado a anunciar la muerte de la novela, creo que este esfuerzo es doble: una obra de estructura lineal, de estilo clásico, con narrador omniscente que se adentra en la descripción psicológica de los personajes, pero sencillísima de leer. He comentado varias veces lo difícil que es encontrar literatura sencilla; nos encontramos aquí ante un magnífico ejemplo.

Una obra muy esperada, porque no es totalmente paródica como las escritas en los últimos años, sino que vuelve a la novela histórica de personajes, más del estilo "La ciudad de los prodigios". El que la obra no esté escrita en la clave de humor gamberro que nos tenía acostumbrados no significa que el humor de Mendoza no asome aquí y allá en la descripción de unos personajes y otra trama que ocurre en el inicio del final de la transición: la obra acaba con el nombramiento de Barcelona como sede olímpica.

Mauricio es un dentista aburrido y previsible (él mismo lo reoconoce) que decide participar en unas elecciones autonómicas en uno de los últimos puestos de la lista. Ello sirve para presentar unos personajes que parecen estereotipos, algunos de ellos relacionados con una política de izquierda proletaria a punto de desaparecer, una mujer que intenta abrirse camino en le mercado laboral, seres del mundillo empresarial del chanchullo y el pelotazo que estaba empezando a surgir, todos ellos de aquel tiempo cuando las ideas de democracia y libertad empezaban ya a hacerse comunes en la mente de los españoles.

Barcelona aparece en el fondo, y a pesar del título, la aventura política de Mauricio es sólo una parte del libro, porque las elecciones sobre las que trata el libro no son las políticas, sino decisiones sobre la vida, decisiones que al fin parecen que se toman en libertad, aunque más bien parece que alguien toma las decisiones por los personajes, y que las elecciones que pueden realizar no son tantas ni variadas.

Mendoza trata los personajes con delicadeza, adentrándose en alguno de ellos y haciéndonos partícipes de sus pensamientos. Otros nos cuentan su vida de forma clásica, en un diálogo entre dos personajes, de una forma sincera y natural. Pero algunas acciones de los protagonistas nos parecen inusitadas, no vienen a cuento, ya que el personaje apenas las medita o menciona. Es el caso, por ejemplo, de la incursión lésbica de una de las protagonistas. Otros errores menores, como repetición de descripciones de personajes o suponer que la encina produce el corcho, pueden soslayarse benévolamente. Su reflexión final sobre una época de gigantes políticos que ya ha acabado es toda una declaración sobre la situación actual de España y de Cataluña.

Toda la historia rezuma la profunda desilusión que se respiró tras la instauración de la democracia en España, donde muchas ilusiones de cambio y mejora chocaron con la dura, real y práctica política y económica. Los años de resistencia contra la dictadura acabaron, según se colige de la novela, en más libertad, sí, pero también en la amargura de que no podrá haber más mejora. Siempre habrá quien tenga la sartén por el mango, y en esas situaciones lo mejor es acercarse al poder y sobrevivir en su sombra.

Un libro proveniente de un autor del que muchas veces me he preguntado si nos está tomando el pelo, tanto a lectores, como a editores y a críticos. La verdad es que me importa poco, siempre que sea capaz de producir obras como ésta. ¿No les interesa? Entonces no la lean, no se perderán ninguna obra maestra revolucionaria de la literatura universal, no teman. Pero la simpatía que me profesa, y la sencillez literaria del libro, hace que lo recomiende para su lectura. Y es que don Eduardo y yo estamos de acuerdo en que es una injusticia que Yvonne de Carlo, recientemente fallecida, sea recordada por haber interpretado Lily Munster. A mí me gusta recordarla en la escena final de "El abrazo de la muerte". Y eso a pesar de que a Mendoza le gusta releer la Biblia.