martes, enero 30, 2007

El mar. John Banville

José María Pozuela Yvancos dice que le parecía imposible, pero que la buena literatura no necesita de ideas originales. Algo se revolvió en mis entrañas al leer esa cita en el ABC Cultural. Mis más admirados escritores se destacan por una originalidad que ha marcado generaciones de literatos. Pero luego, pensándolo mejor, he tenido que reconocer que estoy de acuerdo. Y especialmente después de haber leido El mar.

Porque Banville, en esta intrincada novela de sentimientos, introspectiva y con enigma interior, nos demuestra que no hay que ser original para escribir una obra subyugante y absorbente, atravesando mares conocidos, sorteando arrecifes familiares, con una carta de navegación manida y manoseada, sabida y hasta memorizada. No hay nada verdaderamente original en este libro, si acaso un estilo alambicado derivado probablemente del personaje central de la obra.

Max Morden, un pedante profesor de arte de edad avanzada, narra una historia que es básicamente la de su vida, y nos cuenta como decide volver a uno de los paisajes de su infancia. Un lugar de veraneo, junto al mar, en esos momentos de la pubertad donde empieza la atracción hacia el sexo contrario. El motivo de este exilio a los lugares de la niñez no es otro que la muerte de su mujer; su hija le acompaña en su peregrinar, disentiendo y sin comprender los motivos de su padre. En ese pequeño pueblecito de turistas, Morden se aloja en una casa de huéspedes, y permanece allí pese a las protestas de su hija, donde sucede toda la recapitulación de su memoria.

En los recuerdos de la infancia aparece una familia del vecindario, los Grace, que ejerce una obsesiva y enfermiza influencia en Morden. Todos sus miembros son observados por el Max niño con una delectación perturbadora. Estos recuerdos de la niñez son extrañamente nítidos, y sospechamos que algo debe haberles pasado para que Max, en esta situación tan desesperada de soledad e incomprensión, trate de volver a unas experiencias lejanas en el tiempo, pero no en su alma. Entremezclándose con estos recuerdos primarios y fundamentales, pasa la historia de su mujer, desde la enfermedad hasta cuando son presentados en una fiesta, y desfilan una serie de personajes, en el recuerdo y en el presente, que dibujan muy bien al Morden actual, un poco excéntrico y afectado. Qué otra cosa podría ser, si se dedica a volver a la infancia cuando precisamente vislumbra el final de la vida, cruelmente representado por la muerte de su mujer.

Y es la muerte la que cierra el círculo que intuíamos que se estaba abriendo. Morden, en una última excentricidad, nos descubre lo más recóndito de su alma, algo que probablemente su mujer e hija desconocen, porque a nosotros no los había contado tampoco, como si su mente se negara a reconocer esos hechos. Extremadamente preciso, y en un lenguaje rico en vocabulario, como correspondería a Morden, desgaja y analiza la casi tradicional vuelta a la infancia que en la literatura ha dado tantos buenos frutos desde En busca del tiempo perdido. Algo debe tener los recuerdos de la adolescencia desde la vejez, un tema recurrente en obras maestras de la literatura. Me aventuraría a decir que eso es debido a un sentimiento común de la humanidad, algo que nos une, independientemente de culturas, credos y sociedades, y que nos identifica como protagonistas en cualquier obra de arte que trate el asunto.

Si hay algo que objetar a la novela, aparte de la escasa originalidad en el argumento, es el pequeño engaño al que nos somete Banville para escamotearnos el enigma hasta el final. Pero en realidad, cuando lo descubrimos, nos damos cuenta de que no tiene ninguna importancia. Mr. Banville se lo podría haber ahorrado, porque la novela se sustenta perfectamente con el material presentado hasta el momento, tejiendo cual encaje de bolillos las descripciones interiores como exteriores.

Un sólido valor de las letras inglesas, el irlandés Banville (Wexford, 1945) lleva en su haber casi dos docenas de novelas que le han valido varios galardones y prestigio internacional. Vive en Dublín.

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