jueves, noviembre 09, 2006

Pequeños apocalipsis sin importancia


Admiro mucho a las personas que trabajan en lo que les gusta, o que les gusta su trabajo. No las envidio, porque nací con ese defecto de fabricación, como tantos otros, por lo que en definitiva no me hace sufrir. Menos mal. Tampoco me vale lo de mal de muchos consuelo de tontos (por desgracia) porque no creo en esa estúpida frase, pero más me valdría creer en ella visto como está el patio y que una buena parte de las personas trabajan en lo que no les gusta e incluso en lo que detestan. Pero tampoco el mal ajeno me hace feliz.

Leí hace poco tiempo, y muy bien recomendado por mi amigo Rafa, la novela de Wilhelm Genazino, Desvarío amoroso, y aparte de que me gustara muchísimo y me descubriera a un nuevo autor, cosa que debo agradecer de manera infinita, a estas alturas de la vida, a mi querido amigo, me hizo reflexionar sobre lo que es la vida mediocre de una persona mediocre, que al fin y al cabo es la vida del personaje de la novela, y la mía en particular, ya que no puedo hablar de otra por desconocimiento.

El personaje de la novela se dedica a dar conferencias y simposios sobre el apocalipsis, lo cual le viene que ni pintado para su forma de entender la vida. El personaje de mi vida, que soy yo mismo, se dedica a sentarse todos los días en una oficina a hacer algo por lo que no siente el menor interés, después de levantarse a las seis y media de la mañana, llevado (y traído) por unos motivos estrictamente económicos (hay que comer, vestirse, vivir bajo un techo y darse de en vez en cuando algún capricho para hacer pasable la vida, además de proveer de lo mismo a los demás) que no es que sean dichos motivos un aliciente como para pensar que uno vive una vida brillante e inolvidable. Es más, el día que me muera estoy seguro de que se me olvidará todo lo que he hecho, lo que significa que tampoco es que tuviera demasiado valor.

Partiendo de estos hechos, que no sé si comparte alguien conmigo, me parece escandaloso que a alguna lumbrera se le ocurriera deducir que las tres potencias del alma son la memoria, el entendimiento y la voluntad. De las dos últimas me reservo la opinión, pero que la memoria pueda tener tan buena prensa me resulta inverosímil. En todo caso, la gran potencia del alma debería ser el olvido, porque al menos es de las pocas cosas que nos hacen más llevadera la existencia, y además es gratis, por lo general. Si nos pusiéramos a recordar todas las circunstancias que nos han llevado a la situación que cada cual vive, habría más de uno que estaría deseando darle una patada a la existencia en cuanto que pasara por su lado, cosa que no suele hacer. Y digo bien: la subsistencia la tenemos todos los días pegada a los pies, pero la existencia pasa por ahí de vez en cuando y hay que estar muy atento para echarle el guante cuando a uno se le acerca. No es que la existencia sea agradable de por sí, pero al menos es algo más que la subsistencia; ofrece más posibilidades, para entendernos.

Raras veces rememoro el motivo por el que me levanto todos los días de madrugada para acudir a una oficina que si le prendieran fuego no iba a causarme ningún trauma. No tengo ni idea de cómo hubiera sido mi vida si me hubiera dedicado a lo que de joven soñaba ser y estudiar, pero tengo una idea muy cabal de lo que soy y de las altas cotas de miseria que he llegado a alcanzar en mi trabajo. Sí puedo decir que mis padres se dedicaron conmigo y con mi hermano a hacer lo mismo que nosotros dos hacíamos de pequeños con las moscas: a cortarles las alas y a dejarlas campear a sus anchas por la mesa hasta que se caían por un extremo, cosa que es muy de risa y se pasa muy bien. Pero, bueno, esto lo recuerdo aquí porque viene a cuento y no como ajuste de cuentas con el pasado, entre otras razones porque debo agradecer a ese mismo pasado que mis padres no lo hicieran aún peor con nosotros, cosa que era posible aunque ellos no lo supieran.

Esto me lleva a pensar, por un lado, que Dios evidentemente no existe, pero por otro lado hay argumentos para creer que sin duda existe. Y no lo digo desde mi punto de vista existencial, desde mi subsistencia individual, sino que podría poner como testigos a cientos de millones de personas en todo el mundo que subsisten infinitamente peor que yo.

Si Dios existiera, tendría que darle la razón a Leibniz, al menos en parte de su teoría, por cuanto que si Dios es omnipotente, debería haber creado el mejor de los mundos posibles. Es más: creo que Leibniz se quedó corto: Dios tendría la obligación consustancial con su Ser de crear un mundo tan perfecto como Él, sin que hubiera ni siquiera otros posibles para comparar. Decir el mejor mundo, ya supone la existencia de otros, peores en este caso. Bien, pues a la vista está que el mundo no es perfecto ni por asomo, y hay que ser un perfecto idiota como era Leibniz para elevar el optimismo a categoría filosófica. O bien Dios hizo un mundo un poco chapucero y se le fue la mano en las grietas y las goteras, por lo que podrá ser omnipotente pero también bastante torpe, cualidad divina que dudo que sea un buen reclamo para creer en Él, o Dios no existe, porque o es un Dios como Dios manda y las cosas le salen según su divina categoría, o es difícil creer en sucedáneos que hacen lo que buenamente pueden.

O algo peor todavía, porque es una creencia muy extendida y es una frase recurrente para ingenuos, que Dios los tenga en su seno como bienaventurados que son: que los caminos de Dios son inescrutables. Como afirma mi amigo Quique, hebraísta consumado, si son inescrutables, ¿para qué me interesa creer en un Dios que no me dice cuál es el camino correcto porque se lo tiene bien guardado para él? Es decir, los caminos de Dios serán inescrutables (frase muy manida para explicar el mal, por ejemplo), y hasta lo mismo Dios existe (eso sí, un Dios de lo más misterioso y poco comunicador) pero es de escasísimo interés para el viandante, ya que los caminos por los que hay que transitar están oscuros como boca de lobo o como los pasadizos del Infierno.

En contrapartida, Dios debe existir a la fuerza porque si no sería inexplicable que una vida que ofrece tan pocos alicientes y cuyas ilusiones hay que ponerlas de motu proprio sin que casi nadie nos regale nada (salvo algunos privilegiados), no nos resulte cuesta arriba cada día que nos levantamos por la mañana. En fin, me refiero a eso que se le ha dado en llamar instinto de subsistencia o supervivencia, que me parece más bien un término digno de animales, en lugar de espíritu de existencia, y además de existencia medianamente feliz. Para eso, me digo yo, Dios tuvo la feliz idea de inventar el olvido (si no, ¿quién lo inventó?), que me parece la mejor invención de la historia y cuyo elogio no he leído nunca, sorprendentemente, tal vez porque a quien fuera hacerlo se le olvidó tan feliz idea.

Por ejemplo, cada mañana que me levanto se me olvida que aún me quedan 25 años de hacer lo mismo, que llevo 17 años haciéndolo sin que me remuerda la conciencia, que debo dirigirme a una oficina a hacer algo que me importa un pimiento y que me paso en esto la tercera parte de mi vida (o la mitad, si quitamos las horas de sueño en las que no me entero de lo que me pasa, y por tanto, ni disfruto ni sufro). A mí, naturalmente, me gustan otras cosas, por las que generalmente no pagan, y a las cuales no puedo permitirme el lujo de dedicarme porque la ley económica de la herencia no ha sido pródiga conmigo. O aún peor: cada vez me gusta menos hacer lo que antes me gustaba tanto, lo que empieza a resultarme preocupante. Y ya un tanto apocalíptico.

Pero como pensaría el personaje de la novela de Wilhelm Genazino, tampoco es que se me vuelva un drama todas estas carencias que poco a poco encuentro en mí. Pienso que el día que la vida se me haga insoportable, me pego un tiro y así dejo de soportar, que es un verbo feísimo: no es que me vaya a hacer feliz la detonación, pero al menos me parará la cuesta abajo en ese inmersión posible dentro de la tristeza que supone arrastrarse por la vida. Como clamaba Woody Allen, le pido a Dios una mínima constancia de su presencia, aunque sea un estornudo, pero ni eso (en fin, ya sabemos que los caminos de Dios son inescrutables). Busco alrededor y tampoco es que encuentre un espectáculo de ensueño: gente por lo general más amargada que yo, que está todo el día quejándose de todo, y debo terminar dándole gracias a un Dios que no existe por no haber llegado aún a ese estado de mediocridad vital pura, redonda y completa. Vuelvo a mis pequeñas cosas (¿es que hay algo en la vida que no sea pequeño?) y cada día me ofrecen menos satisfacciones, tanto las cosas como las personas. Quede claro que no culpo a las cosas o las personas que me rodean, sino a mí mismo por no encontrar satisfacción en ellas. Mientras pienso esto, me entra sueño, me duermo y vuelve a sonar el despertador a las seis y media de la mañana y el olvido vuelve a activarse para no tener que ir arrastrándome por el camino que lleva a mi trabajo donde me esperan montones de expedientes que se posaron en mi mesa sin mi permiso (casi nada que ocurre en mi vida ocurre con mi permiso).

En definitiva, que al final me veo como el personaje de la citada novela, deambulando de un sitio para otro, sin mayor interés sino el mantenerme de pie en mi propia subsistencia, pero con el inconveniente de no ser un personaje de novela sino una persona de carne y hueso, o al menos eso creo. Lo único que deseo es que la inmensa mayoría de las personas no se sientan como yo porque es de lo más incómodo: viéndose como el personaje de una novela que uno no ha escrito, que ni siquiera le gusta y sin posibilidad alguna de rebelarse como el Augusto Pérez de Niebla frente a su autor Unamuno, porque los caminos de Dios ya sabemos que son inescrutables y además nos tiene amenazados con el Apocalipsis.

1 comentarios:

rafamaldo dijo...

Después de leer tu particular apocalipsis, me queda claro que deberías escribir más a menudo. No voy a comentar sobre lo mal o bien que les va a los demás, pero siempre que podamos hacer algo que nos guste, ver una imagen que nos emocione, observar una obra de arte que nos inquiete, o leer unas líneas que nos hagan reflexionar, creo que vale la pena aguantar en este "valle de lágrimas" (si Dios no existe, la virgen María seguro que sí). Se trata pues de una cuestión de perspectiva, de valorar correctamente lo que nos gusta de la vida.
Genazino describe un personaje que disfruta de ese desvarío amoroso, y es el sentido de su vida anodina. Cada uno de nosotros debe encontrar ese "desvarío" particular y propio.